miércoles, 3 de septiembre de 2014

El hombre que nunca sacrificaba las gallinas viejas

Sinopsis: Marquitos Laguna se ha retirado del oficio. Ahora prefiere cuidar su huerto y recoger los huevos de sus gallinas. Antes, en otra época, Marquitos era un justiciero parco en palabras, un matador criptozoológico en la abundante isla de Simetría, un muro de dos metros de hostias enfundado en el guante de un hombre en traje negro. Pero ya no, sus noches más oscuras quedaron atrás. O al menos eso creía hasta hace unas horas. Porque hace nada, las gallinas viejas, esas que nunca sacrifica sabe Dios por qué, han comenzado a revolotear de aquí para allá, dejándolo todo lleno de plumas. La tierra de ese huerto que ahora se dedica a cuidar, ha empezado a retemblar. La carne putrefacta de toda una vida en negro se afana por abrirse paso a base de dentelladas y uñas rotas. Y Marquitos, un muro de dos metros de amor venido a menos, se teme lo peor: 
Que regresen sus noches más oscuras. Que se le atragante el olor de una Magnolia. 
O que haya llegado la hora de volver a sacrificar.

El hombre que nunca sacrificaba las gallinas viejas es una historia de realismo bizarro, de una isla que alberga toda la inmundicia humana, de fantasmas del pasado que regresan a golpe de vaso de güisqui sobre la barra de un bar. De vampiras imaginarias, de zombis mentales que acompañan a su protagonista y de un ente vengativo que pretende culminar una obra maestra del asesinato:
La Magnolia Azul.

Darío Vilas no es un desconocido en esto de la literatura. Nos dejó claro cuál era su estilo en dos antologías previas, una propia y otra compartida: Imperfecta Simetría (Círculo Rojo) y Piezas desequilibradas (23 escalones). Y nos demostró que con ese estilo se pueden saltar las vallas de los convencionalismos y hacer novelas alejadas del arquetipo, del tópico. Novelas con señas de identidad que no apesten a refrito. Tarea difícil cuando, para más inri, se trata de un género tan concurrido en los últimos tiempos como el género zombi. Pero ahí están Instinto de superviviente y Lantana (precuela de la anterior) para quien quiera comprobar que incluso andando entre podridos se puede hacer buena literatura. Literatura de autor. 

Para El hombre que nunca sacrificaba las gallinas viejas, Darío Vilas regresa a la que es su ciudad: Simetría. Una urbe decadente por la que el autor me ha confesado más de una vez que siente tanto amor, como odio. Una contradicción normal, tratándose de esa ciudad. El autor vigués retoma, además, a otro viejo conocido: Marcos Laguna.

Tenemos Simetría, y tenemos a Marquitos. ¿Pero qué es Simetría? ¿Quién es Marcos Laguna?, se preguntarán los que aún no se hayan acercado a este oscuro y magnético universo. He aquí una pequeña guía para no iniciados. Simetría es una ciudad ficticia la cual estuvo hace tiempo unida a la Península Ibérica. Por unas razones o por otras, en este pequeño punto geográfico parece condensarse lo más bajo de la sociedad y la moral humanas, y la ciudad pronto se convierte en una jungla con sus propias leyes. A mediados del siglo XX tuvo lugar el maremoto que, como un castigo divino, separó a la ciudad de la península. Desde entonces, Simetría permanece apartada de toda civilización; cada vez más alejada de la luz y de la tierra que la amparó. Cada vez más violenta. 

En semejante crisol se retuercen personajes de lo más variopinto, entre los que destaca Marcos Laguna; un tipo bestial. Dos metros de locura y nudillos con un pasado oscuro (que podemos descubrir en las anteriores incursiones de Vilas en la isla, Imperfecta Simetría y Piezas desequilibradas). Y es en este punto, donde arranca El hombre que nunca sacrificaba las gallinas viejas. 

Nada más empezar la novela, nos encontramos con un Marcos retirado del oficio. Vive feliz y tranquilo en una pequeña parcela de su propiedad. Se agencia algo de dinero vendiendo huevos y vino. Sus noches oscuras han quedado atrás. Pero todo está a punto de cambiar...

Narrada en primera persona, a un ritmo vibrante que no deja ni un segundo de respiro, Las gallinas viejas, de Darío Vilas, propone al lector un viaje lisérgico, descarnado y emocional por las entrañas de la isla y de Marcos Laguna. Un personaje que aúna a la perfección la idiosincrasia de la isla: la belleza de la basura, lo mucho que duelen las cosas bellas. Amor y muerte. En particular (y no ahondaré más pues pretendo desvelar lo mínimo) me fascinan los pasajes más surrealistas, cómo esa magia negra choca de frente con la materialidad de Marcos Laguna. La manera en que ese personaje de roca se muestra como un universo mucho más enrevesado de lo que aparenta a simple vista.

Se trata pues, de una obra extraña, por su frescura y su negativa a encasillarse en ningún género. Surrealismo, terror, thriller, humor negro... Darío Vilas los combina como si semejantes aleaciones fueran comunes. Quizás debieran serlo. Resulta estimulante como lector encontrarte con obras que no puedes (que no debes) juzgar solo por la piel, por la cáscara. Hay que hincarle el diente para comprobar que el puñado de reseñas entusiastas que trae esta novela bajo el brazo no es coincidencia. Puede que no esté planteada para ser leída por cualquier estómago. Requiere del lector que este se deje seducir por su propio lado oscuro. Meterse en la piel de Laguna puede resultar tan estimulante como perturbador. A la larga, esa pequeña contra se convierte en otro acierto de Vilas.

No dudé ni un segundo cuando el autor me ofreció escribir el prólogo de El hombre que nunca sacrificaba las gallinas viejas. El texto salió prácticamente solo, como si Darío Vilas me lo sonsacara desde el otro extremo del vacío virtual. En su día, y sin haberla leído, supe que se trataría de una gran novela, me lo dijeron mis tripas. Se convertiría en una novela de esas que inspiran a lectores y escritores, de las que recuerdan por qué leemos y para qué escribimos. La novela de un autor con voz una propia, reconocible. Auténtica. Lo sabía, me lo dijeron las tripas, y las tripas rara vez de se equivocan.     



Título: El hombre que nunca sacrificaba las gallinas viejas
Autor: Darío Vilas
Nº de páginas: 184
ISBN 978-84-941020-8-0
Editorial: Tyrannosaurus Books