lunes, 18 de junio de 2012

El osito cochambre

«Observé al osito alejarse zigzagueando por el sendero, ladera abajo. Los bracitos de algodón y trapo le caían a los lados como un peso muerto, derrotados y sin alma. Arrastraba el bate tras de sí, dejando en la tierra un surco irregular de color rojo sangre...»


Extraído de «El osito cochambre y yo», por El Corintio



No recuerdo cuál fue el primer relato de Ignacio Cid Hermoso que cayó ante mis ojos. Puede que se tratara Bunkaru, en la antología V de Calabazas en el trastero (Ediciones saco de huesos), o Aokigahara, en el siguiente número de esa misma publicación. Sea el que fuere, grabó el nombre del autor a fuego en mi mente. Me acongojaba la idea de que alguien tan joven desplegara una prosa tan fresca, tan bella, con tanta personalidad.
Decidí estar más o menos atento a las siguientes publicaciones del autor, para comprobar si se trataba de una racha de suerte, o de verdadero talento. El tiempo confirmó lo segundo.
De modo que cuando supe que El osito cochambre, su primera novela, estaba a punto de ser publicada, no pude contener mis expectativas.
Es malo tener expectativas: suelen alterar irremediablemente la opinión personal sobre cualquier cosa. Pero yo tenía expectativas, y muchas…





El osito cochambre (editorial 23 escalones) no es una novela de terror. Ignacio Cid no es un escritor de terror. Sus derroteros son otros. Yo encasillo el libro en un género a caballo entre el suspense más clásico y el drama onírico. Onírico y, con todo, sin dejar de ser una historia de vida, real. No hace falta ningún ejercicio desbordante de imaginación para entender qué nos quiere contar Cid Hermoso. Sus personajes están ahí, en la calle: son desconocidos, son nuestros vecinos, nuestros familiares. Retratados con tanta veracidad, con tanta alma, que no hace falta ni siquiera un párrafo de meticulosa descripción física. No lo busquéis. No lo hay. Y sin embargo uno ve a la perfección a Mauro, y comprende lo que le pesa la existencia. Ve a Elisa, la niña que quiere (o debe) ser mujer. Ve a Víctor, y su larga sombra que abarca desde el pasado hasta el presente. Personajes que se adjetivan ellos mismos, por sus actos, como nos ocurre a todos.
Los adjetivos se los guarda el autor para hablar de los sentimientos, de los desgarros y de las catarsis, de los reencuentros y las despedidas. Las figuras son tan precisas, las metáforas, aun poéticas, tan nítidas, que uno casi cree estar oyendo al libro hablar.

Dejando a un lado el estilo, la obra nos platea una historia sencilla, como he dicho, podría tratarse de la historia de cualquiera, una historia real. Mauro es un escritor frustrado, reconvertido en profesor de literatura, que durante años se ha ido dejando llevar por el cauce de su vida desastrada. En cierto momento, esta da un vuelco y va colocando todo tipo de personajes y encuentros en su camino. Pasado que vuelve, presente incierto. Mauro debe reaccionar… He dicho que puede ser la historia de cualquiera, y he mentido en parte, pues también es una historia íntima. La primera novela de Cid Hermoso destila melancolía: Mauro se solaza en los recuerdos de infancia, se cimienta sobre ellos para dar sentido al presente. Así, entre los pasajes que narran los hechos que colapsan su vida, se intercalan otros, de corte más etéreo, protagonizados por el osito cochambre.
¿Pero quién es el osito?
En su niñez, Mauro, como cualquier niño enamoradizo, se refugiaba en un país de maravillas, en una cueva en la que lamerse las heridas. Allí, él se convertía en el osito cochambre, y daba forma a su vida a través de ese caleidoscopio de fantasía.
En el libro, los fragmentos del osito tienen un doble cometido: a veces con cuerpo de acertijo o de sueño velado, dejan trazas sobre el pasado del protagonista, pero también sirven de hilo conductor para la historia que Mauro y los demás personajes viven en el presente.
Son una auténtica delicia los pasajes del osito. En ellos podemos disfrutar de un Ignacio Cid en su salsa, completamente desatado… Uno solo de estos fragmentos ya merece la compra del libro.
Para más inri, la trama, llena de suspense, giros y guantazos del sincrodestino, se disfruta y devora con el placer con que se visiona un film de Hitchcock y la perplejidad que provoca el mejor Julio Medem.

Comentaba al principio que tenía expectativas respecto al libro… No se cumplieron, menos mal. Pues de haber sido así no habría descubierto otra faceta más de este autor; una más íntima y sobrecogedora que a las que me tenía acostumbrado.
En pocas palabras: el Osito muerde, y deja marca.



Hasta el próximo desmayo, seguid soñando.

C.

1 comentario:

  1. Por cosas así, uno sigue escribiendo.
    Una reseña maravillosa, compañero.

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