lunes, 11 de junio de 2012

Austin TV: lo que las palabras no pueden expresar



Poca fe tenía yo en aquella banda desconocida. Yo quería ver a Standstill, (grupo del que nunca se habla demasiado, cuando no se debería dejar de hablar de él); los teloneros, esa extraña formación mejicana que, por lo poco que pude informarme en la red, aseguraban tocar art rock instrumental, no suponían ningún aliciente más que el de preparar el escenario para el grupo que realmente ansiábamos escuchar. Así que, mi chica y yo, nos plantamos en la sala de conciertos con el ánimo de que los teloneros no fueran demasiado tediosos, que no se extendiesen demasiado y que dieran cuanto antes paso a Standstill. «Llevan máscaras; tiene que ser más raros…» me había dicho ella. Que aquella banda que nunca había oído nombrar ocultase sus rostros me sonaba a estrategia comercial con la que disfrazar una propuesta musical manida. Por eso, cuando las luces se apagaron y, uno a uno, los componentes de Austin TV salieron al escenario de esta guisa…



 …Debo reconocer que me temí lo peor. En realidad el uniforme que vestían no era exactamente así, sino de color verde, y en la cabeza llevaban algo parecido a un pasamontañas de goma espuma, con pequeñas aletas a los lados, y botones redondos por la zona que rodeaba los ojos y la frente. Se presentaron y, sin más, se pusieron a tocar. … ¡Y qué espectáculo! Tras una intro pausada, y un par de temas de adaptación, desplegaron sobre la tarima todo su potencial. Sin voces, sin letras pues, según ellos mismos declaraban entre tema y tema, su intención era crear atmósferas musicales, cuadros sobre los cuales cada persona pudiera pintar lo que quisiera; fondos sentimentales sobre los que cada cual pudiera volcar sentimientos a su antojo. Una batería, dos guitarras, un bajo y un teclado conectado a un portátil nos transportaron a esos paisajes en los que solo estábamos nosotros y la música precisa, hermosa, de Austin TV. En ocasiones, desgarradores y eclécticos, guitarrazos dementes, ritmos trepidantes y efectos de sonido estridentes se unían para darnos un vuelco y encendernos, puñetazos musicales que hacían brincar y saltar. Luego, todo se amansaba, y uno descubría que aquellos músicos no solo sabían repartir mandobles de brutalidad, sino que, además, los combinaban magistralmente con pasajes más calmados y melódicos. Serenatas oníricas y mansas, en los que, de vez en cuando, sonaba un diálogo extraído de cualquier film, nada reconocible, un simple «te quiero» o un «adiós» que nos servía de marco para crear esas historias que Austin TV tanto se empeñaba en que imagináramos. Tenían razón; aquello era art rock. Progresivo, duro, melodioso, calmo… pero arte por encima de todo, porque consiguieron solo con sus notas transmitir lo que, en ocasiones, las palabras no pueden expresar. Los ojos casi se me caen de las órbitas cuando, en el clímax del concierto, la sala quedó a oscuras y en las máscaras de los músicos, aquella especia de botones, se iluminaron. No eran botones, sino pequeñas linternas que despedían alfileres de luz blanca en todas direcciones; y así siguieron tocando, sumergidos los presentes en un efecto maravilloso y onírico: la sala a oscuras, y esos haces de luz bailando al ritmo de la música. En ese momento fui consciente de la suerte que había tenido por, de puro rebote, ser espectador del primer concierto de Austin TV en España. 

Esta banda, que acaba de celebrar su décimo aniversario, cuenta en su discografía con un EP, tres LP’s y un disco de rarezas y directos. Partiendo de que todos sus trabajos me parecen muy recomendables, quiero subrayar dos de sus discos de estudio, que me parecen auténticas joyas. El primero Fontana Bella (2007), álbum conceptual que, a modo de diario y acompañado por un libreto de más de 60 páginas, narra la historia del personaje ficticio Mario Lupo González Fábila. En el disco se narra parte de la vida de Mario Lupo, un hombre mayor que vive en el bosque Fontana Bella. Durante cinco meses, Mario sufre toda clase de sucesos inquietantes: encuentros con fantasmas, alucinaciones, accesos de paranoia persecutoria… Un disco que sirve a la perfección como primer acercamiento al grupo gracias a temas como Ana No te fallé, Marduk, Shiva, El secreto de las luciérnagas o Flores sobre piedras




Videoclip del tema Marduk, del disco Fontana Bella  



Videoclip animado de Shiva, el cual ilustra la historia narrada en el disco Fontana Bella


En 2011 presentaron el que es, hasta la fecha, su último trabajo y el que están llevando de gira por todo el mundo: Caballeros del albedrío. Un trabajo ambicioso en el que el grupo redobla esfuerzo, y es que Caballeros del albedrío no es un disco, sino dos. Dos mitades completamente diferenciadas entre sí y en las cuales los mejicanos vuelven a sorprender por la riqueza de matices que despliegan. La primera parte, llamada Hán, es reflexivo, calmado e introspectivo; para dejarse llevar con la tristura que destilan Despierta Wendy, Llena de mañanas tristes o This is maya, por nombrar algunas. La segunda mitad, Seéb, discurre como un relámpago de 25 minutos: azota las neuronas, agita el corazón, desata la adrenalina con auténticas piezas maestras como El hombre pánico o Quedarse es morir. Una auténtica delicia. 



Videoclip de El hombre pánico

Como curiosidad añadida, las estructuras de las canciones de Caballeros del albedrío, los laberintos rítmicos y la intricada red de tempos los obtuvieron los componentes del grupo al trascribir los títulos de las canciones en el teclado de un teléfono. Lo cual, además de todo lo contado, nos puede dar una idea de la sana inquietud y las buenas maneras que esgrimen estos cinco chicos mejicanos capaces de aportar algo nuevo al mercado musical.


 

Vídeo de un directo en acústico, la banda interpreta Despierta Wendy

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