domingo, 11 de septiembre de 2011

Reseña Antología Z Vol. IV: Zombimaquia

Antología Z Vol IV:
Zombimaquia
Varios autores
(Dolmen Editorial)





Zombis esperándome en la oscuridad de mi cuarto. Manos de piel cuarteada asomando por los cajones. Pies arrastrándose por el pasillo. Arañazos en mi puerta.
Zombis, zombis, y más zombis.


Durante estos últimos días los zombis han invadido mi vida —ahora entiendo por qué huele así mi cuarto y el extraño aumento de la población de moscas que pululan por mi escritorio—, y es que me he sumergido de lleno en la lectura del cuarto volumen de la Antología Z de la Editorial Dolmen o, lo que es lo mismo: Zombimaquia, término con el que Rubén Serrano ha bautizado a este compendio de relatos en los que, más allá del elemento no muerto, prima la condición inherente de aquellos que aún respiran: las ganas de seguir con vida. La lucha sin piedad contra los caminantes.
Zombimaquia.

Bajo esta premisa y tras una portada de esas que al verlas en una librería te instan a hojear el libro —impagable el detalle del Comecocos; si no lo habéis visto, ¡buscádlo!— se agolpan un montón de relatos crujientes que no tienen más pretensiones que la de hacernos pasar un buen rato a base de dentelladas, purulencias y miembros amputados.
Confieso que es la primera Antología Z que cae en mis manos, y he disfrutado arrastrándome entre sus páginas. Hay sitio para el terror, la acción y la comedia, y que deja un regustillo final muy grato.
Ahora permitidme que os sirva un pequeño canapé, un mordisquito de lo que podéis encontrar en Zombimaquia…

La antología empieza bien. En Condemnata regina, Elena Montagud nos ofrece una zombificación clásica. He de reconocer que no he leído la obra en que se basa, por lo que mi capacidad de comparación es nula, pero el relato tiene ritmo y se deja leer fácilmente, creando el marco idóneo para todo lo que se avecina.
Calentados los motores nos introducimos en La muerte del hombre blanco que, partiendo de un comienzo más o menos previsible, crece hasta alcanzar un clímax bastante conseguido, muy acorde a lo que su autor, Tony Jiménez nos tiene acostumbrados a los que le seguimos la pista.
            Oma Cluadine no me toca reseñarlo a mí. Dejo ese dudoso placer a algún valiente.
            Con El crucero del terror, de José Vicente Ortuño tuve sensaciones encontradas, pasajes trepidantes entremezclados con otros en los que eché en falta algo más novedoso. Eso sí, un relato escrito con mucho oficio.
La Puta roja le pilla a uno desprevenido. Su escasa extensión puede ser, al mismo tiempo, su pro y su contra. Al principio resultó un poco confuso, pero Darío Vilas consigue crear una atmósfera malsana que hace olvidar pronto ese comienzo abrupto para concluir con una guinda amarga que me dejó con hambre de más.
            El siguiente bocado es denso. Las últimas horas, de Gervasio López, puede que sea el relato más introspectivo de la compilación. Una prosa afilada como un bisturí disecciona con precisión los recovecos de un alma llevada al límite del sufrimiento. Intensidad emocional en otro buen relato.
Carne tabú supuso una grata sorpresa. Su autor, Fermín Moreno —al que hasta la fecha no había tenido el placer de leer— no divaga, se ciñe a contar lo justo, lo cual hace crecer alrededor de sus palabras una expectativa, un suspense que enriquece enormemente al relato.
            Tiempo muerto, de Sergi Llauger me pareció un curioso inciso en la compilación. Un Kit-Kat malévolo que consigue arrancar más de una risa torcida. Muy curioso y entretenido.
Un testigo invisible, de Ramón López, plantea una idea interesante, muy original, aunque para mi gusto se queda un poco a medio camino entre la comedia y el terror. No defrauda, pero tampoco llena.
Algo parecido me ocurrió con Cambio de presa, de María Delgado. Conecta bien con el lector, pero acusa falta de pimienta en su desarrollo; chicha donde morder.
Más adelante, Ignacio Javier Borraz nos da la bienvenida a ZOMBCN, un relato muy descriptivo y visual, casi cinematográfico. Con tensión sabiamente dosificada hasta llegar a un final…
            Debo reconocer que no me hizo especial ilusión el comienzo de La venganza de Érika, de Lydia Alfaro. Me pareció tópico, y un poco lento. Pero el conjunto, un pelín desmadejado, gana enteros conforme se acerca el final.
Es peluznante marca otro break en el camino. Me encantó el monólogo interior del protagonista. Senén Lozano, el padre de la criatura, parece disfrutar con el estrés del protagonista de su relato, haciendo pasar al lector un rato muy divertido.
Génesis zombie, de Loli González Prada, al igual que varios de los relatos de la compilación, parte de una premisa bastante cinematográfica, vista varias veces. No llegué a conectar del todo con la historia.
Nuria C. Botey nos propone con su Karate Kiz un juego entrañable para aquellos que crecimos en los ochenta —y para cualquier lector en general, ¡qué narices!—. Su cuento está lleno de chascarrillos que, sin embargo, no distraen en absoluto del hilo principal. Un grato delirio con el que disfruté.
Z, de Pedro Escudero Zumel, me pareció otro de esos relatos con una semilla  saboreada en demasiadas ocasiones. Sin embargo, la pericia del autor queda demostrada en cuanto, sin darte cuenta, te hayas sumergido hasta las cejas en la trama. Los túneles… el relato me enganchó cuando me hizo vagar por los túneles.
Me llamo Marcos y soy de Cádiz, de Julián Sancha Vázquez puede que sea el relato más histriónico de la antología. ¿Eso es bueno?, ¿es malo? Léanlo y juzguen. A mí me pareció bastante atrevido y original, más en su forma que en su contenido.
Lo que más llama la atención de Movimiento de cámara —el relato de Rubén Serrano— no es la historia en sí, sino la manera con que la hila. Un relato rico en situaciones que se lee gratamente mientras, fuera, el mundo acaba.
Magnus Dagon nos regala un pequeña joya: Gizmo-San Feedback —extravagante nombre por el que, si alguna vez tengo ocasión, sin duda le preguntaré a su autor—, una pieza que enriquece enormemente la antología. Destila fantasía, originalidad. Puede que los más puristas repliquen. A mí me parece acertadísimo.
            Mike Resnick se encarga del punto y final —lo que. llevado a la jerga zombi. sería algo así como «el tiro de gracia en la cabeza»—, con Una chica muy especial. Se nota y mucho el nivel, la facilidad, la calidad de discurso. Su disparatado cuento de chicos malos fluye, funciona con la elegancia de un reloj suizo.

Pasada la plaga, es hora de las conclusiones. Las antologías son obras que, debido a su carácter heterogéneo, se hacen difíciles de calificar a nivel global. La diversidad de autores hace irremediable que cada lector tenga su propia lista de favoritos. Lo cierto es que Zombimaquia consigue mantener un nivel bastante alto a lo largo de sus más de trescientas páginas putrefactas —en el mejor sentido de la expresión—. En la variedad está el placer, dicen, y Zombimaquia ofrece eso, variedad y placer con sabor a bilis. Y lo mejor de todo es que no hace falta ser un gran seguidor del movimiento zombi, sólo tener ganas de pasar un buen rato de terror y acción.
            Ahora, con vuestro permiso, voy a darme una ducha —demasiado tiempo entre carne agusanada—.No os riáis cuando os diga que miraré a conciencia tras cada puerta antes de cruzar el umbral. Después de todo —y esto es un axioma que no debéis olvidar, por si las moscas— el Apocalipsis Z nunca avisa. Simplemente, ocurre.




C.

2 comentarios:

  1. Hola, José Luis:

    Muchas gracias por la reseña de "Zombimaquia" en general, y en particular por la parte que me toca.
    Un cordial saludo.

    Fermín Moreno
    http://escribadetinieblas.blogspot.com/

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  2. De nada, Fermín, me lo pasé pipa leyendo «Zombimaquia». Fue fácil hacer la reseña.
    Y tu relato me gustó bastante. Así que no hay que agradecer nada ; )

    C.

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