martes, 20 de septiembre de 2011

Llorar los violines, clamar los tambores.

«Meditaba yo alrededor de una lumbre reducida a sus fávilas, cuando escuché un gemido acerado y sostenido. Como un suspiro enredado en el aire. La curiosidad movió mis pies hasta la entrada de la gruta: doblé recodos, atravesé lagunas subterráneas y escalé por gargantas escarpadas. Al rato divisé la cara redonda de la luna apareciendo por el ojo de la cueva. El llanto se transformó en melodía y el bello en mi cuerpo se tensó como los hilos que sostienen un puente elevado. Me aproximé muy lentamente hasta la entrada, temiendo dar un paso en falso y espantar aquella sonoridad triste y quejumbrosa; romper aquel hechizo embriagador.
Cuando por fin asomé al exterior, vi al hombre. Nada lo arropaba, excepto un viejo violín del que sus dedos consumidos arrancaban las notas que me habían llevado hasta allí. Gotitas de cristal muriendo en mis oídos.
Sumido en su tarea, ni siquiera se percató de mi presencia. Yo me hice a un lado y me resguardé entre las sombras.
No quería que aquel mortal me viera llorar»

Extraído de «La música de los sueños», por El Corintio


*****


Mis conocimientos de música no van más allá de distinguir lo que me gusta de lo que no. Sé de ritmos, sí, pero no sé reconocer el virtuosismo. Tampoco me hace falta, pues mi relación con la música (basada en un amor inconfesable) es la de un parásito y su huesped: me nutro de ella sin devolverle nada a cambio.
La música me inspira, me lastima y me enardece. No han sido pocas las ocasiones en las que, en algún vórtice de trompetas, he dejado a mis dedos volar sobre el teclado. Algunas de mis escritos más pueriles (no por ello los peores) tienen como única base un rasgueo, un estribillo o una percusión demente. Incluso me he atrevido a trocar alguna letra y camuflarla como mía para dar pie a una historia.
Es curioso ver cómo la música arranca de uno ideas que ní siquiera sabía que rondaban su mente.
Así que la entrada de hoy puede ser completamente ociosa o productiva en extremo, todo depende de si soy capaz de dar en la tecla adecuada y acertaros en pleno corazón.
Hoy quiero escuchar música. Quiero oír llorar a los violines, clamar los tambores.

La primera pieza es una que tengo enquistada desde que, hace bien poco, acudí al cine a ver «La piel que habito», de Pedro Almodóvar. Se trata del primer corte de la banda sonora compuesta por el maestro Alberto Iglesias titulada: «Los vestidos desgarrados». Una joya.



La siguiente también está extraída de la banda sonora de un film español «Balada triste de trompeta», un inicio contundente para un film lleno de pesadillas. El compositor es Roque Baños. Lo que os presento son los títulos de crédito del film que me parecen, sencillamente, geniales. Acompañando la música con imágenes que representan y combinan a la perfección la historia y la idiosincrasia española.





El siguiente video viene a corroborar el gran estado en que se encuentra el cine español en cuanto a bandas sonoras se refiere. De nuevo el maestro Alberto Iglesias (del que me considero desde ya fan aturdido) nos trae otra pieza excelente que encabeza los títulos de crédito de «La mala educación» de Pedro Almodóvar.






La pieza anterior parece cogernos de la mano y hacernos viajar al blanco y negro del pasado. Al apogeo del cine negro, y es que no me extrañaría nada que Alberto Iglesias fuese discípulo de otro gran maestro: Herrmann, quien nos llenó los oídos de cuchilladas con el tema principal de «Psicosis» el film de culto maquinado por Hitchcock y basado en el libro de Robert Bloch.






Para ir acabando, y como toque exótico, os dejo «Romance», bajo mi punto de vista uno de los mejores temas del grupo Apocalyptica. Una melodía bellísima. Por cierto TODO lo que oís son cuatro chelos.





Por último, y volviendo al comienzo de la entrada (la inspiración que trae la música), me apetece cerrar con «The feeling beggins» el tema inicial de «La última tentación de Cristo» (Martin Scorsese). Se trata de un tema al que recurro cuando me atasco en una de las muchas noches en las que me pongo a trabajar en la novela. Al oirlo, el desierto viene a mi mente y con él, las palabras. El compositor es Peter Gabriel.


Éstas son sólo algunas de esas composiciones que me han hecho abordar las páginas en blanco con un ansía frugal. Me han hecho parir palabras, a veces hasta inconscientemente, con la facilidad de una hipnósis dulce. Espero que también a vosotros os remuevan las tripas o, por lo menos, que os hayan otorgado unos minutos de hermosa desconexión.
Seguiremos hablando de fantasías musicales.
Hasta entonces, soñad.



C.

2 comentarios:

  1. Muy buena entrada Corintio.. he disfrutado cada uno de los temas que has puesto.

    Me gusta leerte.

    Sigue así!!

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